Varios pájaros de un tiro


Era la primera lluvia del invierno de 2010. Él iniciaba su búsqueda. Buscaba luz y color. Buscaba. Yo leía literatura rocker y joven, tenía un vacío en el estómago, también end of the world de Cure en un oído, mientras en el otro rescataba el sonido de las gotas de agua que golpeaban las tejas. Era domingo. En el medio, varios eseemeeses me contaban de tu vida con ellas, otras se encargaban de hacerlo… alguna escribió que te ama el catorce de junio. Como ha ocurrido tantas veces, como no ha parado; y eso que hace siete meses que tú y yo al caño. Ni exigí disculpas, ni me molesté en borrarlo, en decirte, ni me dio un infarto ni ganas de nada. No me importa, ¿se entiende? En lo que a mí respecta, al carajo pueden irse todos –y cuando digo todos, saben perfectamente quiénes son–.

(…)”Sólo me importaba el proletariado, ese de cuello azul ultraespecializado que leía a Marx y a Milcíades Peña. Que leía a Trotsky y era antiperonista. Que sabía que el joven Teniente Perón ordenó al pelotón de castrados castrenses fusilar a los viriles anarquistas de la huelga de los talleres Vasena” [1]

No encuentro foco y me muerdo las muelas con fuerza. Además, por la arrechera circular, más bien cíclica, de no poder leer nada, escuchar Cure, el jodido love de Beatles para Cirque Du Solei, a Caetano o a cualquiera sin acordarme de ti -y ni hablar de caminar por las calles de Buenos Aires, que tú me presentaste con bombos, platillos, historia, cuentitos y un millón de adornos más-. Que piensas en concretar, cuando el treinta de junio estarías encerrado viendo un documental de Michael Jackson a las diez peeme en un canal de cable, con las bandejitas de chucherías sobre la cama, buscando diversión pasiva. Cuando él quería luz y color a pesar de haber jurado entregarse al blanco y negro. Ni te imaginas: el patio oscuro, la cámara sobre el trípode, un americano haciendo muecas y otro repasando el contorno de la silueta de aquél, usando para ello espadas psicodélicas y tiritas fluorescentes durante 60" hasta que se cerrara el obturador. Algo haría con un ventilador para generar cierto efecto espectral, supongo.

(…)“Hubo un tiempo en que los Fabulosos Cadillacs no eran fabulosos. Eran Los Cadillacs. Y Vicentico y los restantes gordos no sabían articular una frase coherente. Pero siempre tuvieron ese aire de progres superados que el sábado juegan al rugby en San Isidro a la tarde y se hacen marginales en San Telmo a la noche” [2]

A propósito de San Telmo a la noche: Yo, sin el chamuyo de la milonga del lunes, hubiese podido menos de lo que pude hoy, después de que esos tipos de blanco se miraran entre sí, frente a mí, poniendo malas caras, sin decir mucho y, cuando hablaban, lo hacían como en otro idioma. Estaba sentada ahí nomás |dura, fría, inerte|, tratando de entender algo. “No podemos concluir nada todavía”, fue lo último. Esperar más, seguir evaluando, por lo menos, otros siete días.

Salí y me detuve unos segundos en la vereda. Agradecí el sol, pese al viento que soplaba del Norte... El todavía que no ha dejado de hacer eco porque, te explico, no me gustan las conclusiones y menos si son determinantes. Aclaro: no me gusta lo que concluye. Tampoco la incertidumbre de lo postergado. Empecé a caminar en tránsito apurado sobre Santa Fe, como perseguida, gastando la plata que no tengo en cosas que no sé si necesito o no. Seguro que no.

Y eso que había prometido no volver a quejarme porque, te dije, hay tango, caipirinhas, gin tonic, tinto y más. |Porque esto era ser joven, ¿no? {no.creo}| Pero, la verdad, es que sí. Me quejo porque estoy atada a presentimientos y éste no es bueno. Escucho cada latido. Es un tormento.

Porque no quiero ir a ese país que ya no reconozco y que tú y yo sabemos bien de mierda y por qué. Porque si voy, es un suicidio: me quedo sin nada aquí, como en diciembre; y este invierno albiceleste, de cancha y brincos, no me lo quiero perder. Me quejo porque también hablo de luz, de la de mis ojos. Porque no soporto esperar y menos conclusiones. Porque no tengo tregua desde octubre, con o sin culpa. Me quejo porque me pone loca verte haciendo ese papelón, con el autoestima picada en cubitos, más que siempre. Me pone loca perderte el respeto, que no me sepas, que te importe tanto como todas. N a d a. |De la nada se trató desde el principio|.

“El té de jazmín que importa el supermercado de la esquina se toma solo. Hombre, escurrí tus lágrimas en el saquito” || “Pagoda para el desayuno y peces gordos, naranjas. El tráfico afuera es la paz adentro. Se acaba el café con leche. En este jardín delicioso, también se paga la cuenta” || “Cuando se rompa la pata de la silla, aceptar lo impar”[3]

Me doy tiempo para todo y vi que te felicitan quién sabe por qué. Ojalá concretes. Yo te aplaudiría de pie si no estuviese tan cansada de que pase nada. Digo: cansada de que todo suceda, pero nada pase. De que nadie sepa nunca nada, cuando el treinta de junio estarías encerrado viendo un documental de Michael Jackson a las diez peeme en un canal de cable, con las bandejitas de chucherías sobre la cama, buscando diversión pasiva. Cuando él quería luz y color. Miraré cómo el próximo diez vuela también. Los americanos se irán entre mañana y pasado. Pero tú, ellos, ellas y ya no importa ¿Yo? No encuentro foco y esta brisa genera ciertos efectos. Espectrales, quizás. "También se paga la cuenta". This is it.

* [1] y [2] De “Entre la tristeza y la nada y otros incidentes e intervenciones textuales de ultraizquierda”, de De Leonardis. [3] De “Oriental”, de Güerri. Gracias a Casi Incendio La Casa por lo que pasó en UNA CASA, oscura y con todos amontonados, el sábado por la noche.

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